Matrimonio: el gran sacramento Por el archimandrita Emilianos de Simonospetra, Monte Athos

 


Matrimonio: el gran sacramento
 
Por el archimandrita Emilianos de Simonospetra, Monte Athos

Sermón expuesto en la Iglesia de San Nicolás, Trikala, Grecia, 17 de enero de 1971.

Nadie pone en día que el día más importante en la vida de una persona, después de su nacimiento y su bautismo, es el de su matrimonio. No sorprende, entonces, que objetivo principal y el trastorno mundano de las principales instituciones contemporáneas sea precisamente el de aplastar el misterio honorable y sagrado del matrimonio. Para muchas personas, el matrimonio es una oportunidad clara para los placeres y la diversión. Sin embargo, la vida es un asunto muy serio. Es una lucha espiritual, una progresión hacia una meta, el cielo. El momento más crucial, y el significado más importante de esta progresión es el matrimonio. No es permisible para nadie evitar los lazos del matrimonio, ya sea por llegar a la conclusión de un matrimonio místico como dedicación a Dios, ya sea la conclusión de un sacramento con un cónyuge.
oy vamos a ocuparnos principalmente del matrimonio sacramental. Consideraremos cómo puede contribuir el matrimonio a nuestra vida espiritual, con el fin de continuar con el tema de nuestra conversación anterior (1). Sabemos que el matrimonio es una institución establecida por Dios. Es “honorable” (Hebreos 13:4). Es un “gran misterio” (Efesios 5:32). Una persona soltera pasa por la vida y la deja, pero una persona casada, vive y experimenta la vida en plenitud.

Uno se pregunta lo que la gente de hoy en día piensa sobre la sagrada institución del matrimonio, este “gran misterio” bendecido por nuestra Iglesia. Se cansan, y es como si dos cuentas corrientes o dos intereses comerciales se estuvieran fusionando. Dos personas que se unen sin ideales, dos ceros, se podría decir. Pues dos personas sin ideales, sin una misión común, no son más que dos “ceros”. “Me casé para vivir mi vida”, escuchamos decir a la gente, “y no estar encerrado entre cuatro paredes”. “Me casé para disfrutar mi vida”, dicen, y luego entregan a sus hijos, si tienen hijos, a una mujer extraña para que puedan ir al teatro, al cine, o cualquier otra reunión más mundana. Y así, sus casas se convierten en hoteles a los que regresan por la tarde, o mejor dicho, después de medianoche, después de haber disfrutado de su diversión y cuando necesitan descansar. Tales personas están vacías por dentro, y en sus hogares se siente un vacío real. No encuentra allí ninguna gratificación, y por eso se apresuran y acuden de aquí para allá, intentando encontrar su felicidad.

Se casas sin conocimiento, sin un sentido de la responsabilidad, o simplemente porque desean casarse, o porque piensan que deben hacerlo para ser buenos miembros de la sociedad. Pero, ¿cuál es el resultado? Lo vemos cada día. Los fracasos matrimoniales nos son familiares a todos. Un matrimonio mundano, como se entiende hoy en día, sólo puede tener una característica, el asesinato de la vida espiritual de una persona. Así, debemos sentir que, si fracasamos en nuestro matrimonio, hemos fracasado más o menos en nuestra vida espiritual. S tenemos éxito en nuestro matrimonio, también tenemos éxito en nuestra vida espiritual. Éxito o fracaso, progreso o ruina, en nuestra vida espiritual, empieza con nuestro matrimonio. Y puesto que esto es un tema muy serio, consideremos algunas de las condiciones necesarias para un matrimonio feliz y verdaderamente cristiano.
ausente. Pero podemos verlo en la sombra, y estamos seguros de que está con nosotros. Por eso es por lo que no había ningún oficio matrimonial separado en la Iglesia antigua. El hombre y la mujer simplemente iban a la iglesia y recibían la Santa Comunión juntos. ¿Qué significa esto? Que en adelante su vida es una vida en Cristo.

Las guirnaldas, o las coronas de boda, son también símbolos de la presencia de Cristo. Muy especialmente, son símbolos del martirio. El marido y la mujer son revestidos con las coronas para mostrar que ya se han convertido en mártires por Cristo. Decir que “estoy casado” significa que “vivo y muero por Cristo”. “Estoy casado”, significa que deseo y tengo sed de Cristo. Las coronas son también un signo de realeza, y así, el marido y la mujer son rey y reina, y su hogar es un reino, un reino de la Iglesia, una extensión de la Iglesia.

¿Cuándo comenzó el matrimonio? Cuando el hombre pecó. Antes de esto, no había matrimonio, no en el sentido actual. Fue sólo después de la caída, después de que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, cuando Adán “conoció” a Eva (Génesis 4:1), y así comenzó el matrimonio. ¿Por qué entonces? Para que pudieran recordar su caída y su expulsión del paraíso, y buscaran el volver allí. Así, el matrimonio es un regreso al paraíso espiritual, la Iglesia de Cristo. “Estoy casado” significa, entonces, que soy un reino, un verdadero y ferviente miembro de la Iglesia.

Las coronas también simbolizan la victoria final que se alcanzará en el reino del cielo. Cuando el sacerdote toma las coronas, dice a Cristo: “lleva sus coronas a tu reino”, llévalos a tu reino, y guárdalos allí, hasta la victoria final. Y así, el matrimonio es un camino: se inicia en la tierra y termina en el cielo. Es una unión juntos, un lazo con Cristo, que les asegura que les conducirá al cielo, para estar siempre con Él. El matrimonio es un puente que nos conduce de la tierra al cielo. Es como si el sacramento dijera: Por encima y más allá del amor, por encima y más allá de tu marido, de tu mujer, por encima de los hechos cotidianos, recordad que estáis destinados al cielo, que habéis sido establecidos en un camino que os conducirá allí sin fallo. El novio y la novia se dan la mano el uno al otro, y el sacerdote los toma a los dos y los lleva alrededor de la mesa, rodeándola y cantando. El matrimonio es un movimiento una progresión, un viaje que terminará en el cielo, en la eternidad.

En el matrimonio, parece que se unan dos personas. Sin embargo, no son dos, sino tres. El hombre contrae matrimonio con la mujer, y la mujer contrae matrimonio con el hombre, pero los dos juntos también contraen matrimonio con Cristo. Y así, son tres los que toman parte en el misterio, y los tres permanecen juntos en la vida.

En la danza alrededor de la mesa, la pareja es conducida por el sacerdote, que toma el papel de Cristo. Esto significa que Cristo nos ha tomado, nos ha rescatado, nos ha redimido, y nos ha hecho suyos. Y este es el “gran misterio” del matrimonio (cf. Gálatas 3:13).

En latín, la palabra “misterio”, fue traducida con la palabra “sacramentum”, que significa “juramento”. Un matrimonio es un juramento, un acto, una unión conjunta, un vínculo, como hemos dicho. Es un vínculo permanente con Cristo.

Entonces, “estoy casado”, significa que encadeno mi corazón a Cristo. Si lo deseáis, podéis casaros. Si lo deseáis, no os caséis. Pero si os casáis, este es el significado que el matrimonio tiene en la Iglesia Ortodoxa, que os trajo al ser. “Estoy casado”, significa que soy esclavo de Cristo.

Notas

Es decir, “Vida espiritual”, que aparece más adelante, pp. 147-163.

(*) Ver, por ejemplo, San Juan Crisóstomo, Homilía a los Colosenses, 12:6. “¿Qué vergüenza hay en lo que es honroso? ¿Por qué os ruborizáis en lo que no es deshonesto? Haciendo eso, calumniáis la raíz de nuestro nacimiento, que es un don de Dios”. (PG 62.388).

Ignacio de Antioquía, Carta a Policarpo (PG 5.724B)

Simeón de Tesalónica, Diálogos 277 (PG 155.508B).

C. Kallinikos, El templo cristiano y sus ceremonias (Atenas, 1968), 514.

San Gregorio el Teólogo, Carta 193: “Pongo juntas las manos de ambos y las pongo a su vez en manos de Dios” (PG 37.316C)
Archimandrita Aimilianos de Simonopetra (Monte Athos)

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