Lunes 12 de Enero 2026 Anagnosis lectura espiritual Efesios 5, 33: «Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos; el que ama a su mujer, a sí mismo se ama.»

 Lunes 12 de Enero 2026

Anagnosis lectura espiritual 

 Efesios 5, 33: 

«Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos; el que ama a su mujer, a sí mismo se ama.»

Versión Ortodoxa en español – Biblia del Oso, 1569, revisada para uso litúrgico.



Este pasaje, leído también en la Filocalia, – “amor a la belleza” que los Padres de la Iglesia ven en la creación, nos recuerda que el amor marital es un espejo del amor divino. El esposo se entrega a su esposa como a su propio cuerpo, es darse y donarse dicho de otro modo vive   la theosis: la transformación del ser en la imagen de Cristo. Ese proceso, no es indiferente,  no es abstracto; se vive en la cotidianidad, y la Navidad nos ofrece un marco especial: al celebrar el nacimiento del Verbo que se hizo carne, recordamos que Dios se unió a la humanidad para que nosotros, a su vez, nos unamos a Él. Podemos estar agradecidos a Dios, a María Doncella y San José. 

En el tiempo navideño, la Iglesia Ortodoxa enfatiza la Encarnación, como la máxima expresión de la unión con Dios. Al imitar ese amor sacrificial en el matrimonio, los cónyuges participan de esa misma unión, avanzando hacia la deificación (theosis). Así, la festividad no solo conmemora un evento histórico, sino que invita a cada creyente a vivir esa realidad: amar como Cristo ama, y, por ese amor, llegar a ser “dioses” en comunión con el Padre.

 La conexión está en que, al amar a la esposa como Cristo ama a la Iglesia, el esposo abre su corazón a la inhabitación trinitaria. El amor sacrificial que describe Efesios 5, 33 no es solo una ética humana; es la puerta por la que el Espíritu Santo entra y conforma al creyente con la vida de Cristo. Cuando esa entrega se vive en la cotidianidad , en la familia, en la Navidad que celebra la Encarnación,  la Trinidad se “asienta” en el interior del hombre, transformándolo desde dentro (teosis).

Así, la filocalia (apreciar la belleza divina en el otro) se vuelve la práctica que prepara el “templo” del corazón para que Padre, Hijo y Espíritu habiten allí, generando una comunión que refleja la unión perfecta de la Trinidad y que, en la fiesta navideña, se renueva cada año al recordar que Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser “dios” por gracia.

Está trama santa  nos lleva a vernos como Herederos, en la fe somos herederos de la promesa de Dios; al vivir el amor ágape y el amor filial, participamos de esa herencia trinitaria que se asienta en nuestro corazón.

El Ágape, es el amor sacrificial que Cristo mostró al encarnarse. Cuando el esposo ama a su esposa como Cristo ama a la Iglesia, ese ágape abre la puerta a la inhabitación de la Trinidad.

El Amor filial, Nos recuerda que somos hijos de Dios. El amor entre cónyuges refleja la relación Padre‑Hijo, y al vivirlo nos convertimos en “herederos” de la vida divina.

San Juan Crisóstomo, sobre la Encarnación, nos dice: “El Verbo se hizo carne para que, al recibir su humanidad, recibamos su divinidad",   frase bendita y acertada que muestra  cómo la Encarnación nos permite participar de la vida trinitaria: al recibir la carne de Cristo, en la Divina Liturgia,  recibimos la gracia que nos hace templos del Santo  Espíritu.

El Éros,  no es “solo” pasión; en la tradición ortodoxa se ve como el impulso que, bien orientado, puede elevar al ser hacia la verdadera  belleza divina.

Cuando el éros se ordena bajo el ágape, el deseo se transforma en entrega total, y esa entrega abre aún más el corazón a la inhabitación trinitaria. San Juan Crisóstomo también habla de la encarnación como “el Verbo que se hace carne para que el hombre, a través del amor, llegue a ser partícipe de la divinidad”. En ese sentido, el *éros* humano puede ser el primer escalón hacia la teosis, siempre que se someta al amor sacrificial de Cristo. Vemos que hay una rehabilitación del Eros, desde el designio de Dios en la búsqueda original. 

En la tradición ortodoxa la presencia de la Trinidad dentro del ser humano se suele llamar “inhabitación trinitaria” o, de forma más técnica, “perijoresis” (περιχώρησις),  indica la inter‑penetración mutua del Padre, el Hijo y el Espíritu en el corazón del creyente. También se habla del *“templo del Espíritu Santo” y, en el marco de la vida espiritual, del proceso de Theosis (deificación): el hombre llega a participar de la vida divina precisamente porque la Trinidad habita en él.

 Pudimos leer y reflexionar en oración sobre la liturgia del domingo, S. Mateo 2:13-23.

El pasaje que se escuchas en la Litirgia del domingo, “De Egipto llamé a mi hijo” (Mateo 2,15, citando a Oseas 11,1) – se lee en la fiesta de la Sagrada Familia,  (el domingo después de la Natividad). Allí se presenta a José como el custodio,  que, bajo la guía del Padre, protege al Niño Jesús y a María.

Aprendemos del cuidado providencial: Así como Dios llamó a Israel “mi hijo” y lo sacó de Egipto, la Trinidad cuida a la familia de Nazaret. El. Modelo de inhabitación: José, al obedecer y servir, permite que la presencia divina se haga vida cotidiana; su “custodia” es una imagen de cómo la Trinidad se aloja en el corazón del hombre cuando éste se abre al amor y al servicio.

En otras palabras, la liturgia muestra a la Trinidad obrando en la historia humana (Egipto, salida, protección de la familia) y nos invita a reconocer esa misma acción divina dentro de nosotros: la perijoresis que nos transforma y nos lleva a la theosis.

Es el reflejando la presencia activa de la Trinidad en la vida familiar y, por extensión, en el corazón del creyente. Ahora cómo podemos sacar provecho de este pasaje bíblico de Efesios?

La perijoresis, (περιχώρησις) es la “inter‑penetración” mutua del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando esa comunión divina se “asienta” en el ser humano, lo hace en todas sus dimensiones: cuerpo, alma y espíritu.

En el “cardias” (el corazón físico y espiritual). El corazón es el centro de la vida biológica y, en la tradición ortodoxa, también el “lugar” donde el Espíritu susurra. La perijoresis, obra allí como una llama que no quema, sino que calienta: el Espíritu Santo entra, el Hijo se une a nuestra humanidad y el Padre nos adopta como hijos. El resultado es una transformación del deseo: lo que antes era egoísta se vuelve orientado a la caridad (ágape). En la práctica, sentimos una paz que no depende de las circunstancias, como dice San Juan Crisóstomo: “el corazón que conoce a Dios se vuelve templo del Espíritu”.

 En la nepsis (vigilancia, espiritualidad alerta). La Nepsis es la actitud de estar despiertos, de observar los pensamientos y los movimientos del alma sin caer en la dispersión. La perijoresis actúa allí como un espejo interior: al reconocer que el Padre, el Hijo y el Espíritu están presentes, la mente se vuelve más clara y menos sujeta a la pasión. Es la “luz” que ilumina los pensamientos, permitiendo que el nous (intelecto) discrimine lo que es de Dios y lo que es del “yo” caído. En la oración de Jesús (el “Hesychia”) esa presencia se siente como una respiración suave que mantiene la vigilancia.

 En la psiqué (alma, la totalidad del ser interior). La psiqué abarca la voluntad, los afectos y la imaginación. La perijoresis la “re‑crea” al integrarla en la vida trinitaria: la voluntad se alinea con la voluntad del Padre, los afectos se purifican por el amor de Cristo y la imaginación se vuelve “icono” de la belleza divina. Así, la psiqué deja de ser un “campo de batalla” para convertirse en un “jardín” donde florecen las virtudes (filocalia).

En todo lo creado del ser humano. Cuerpo: la carne participa de la encarnación; al recibir el sacramento del bautismo y la divina Eucaristía, el cuerpo se vuelve “templo del Espíritu”.

 Mente (nous): la perijoresis ilumina el nous para que vea la verdad de Dios y la aplique en la vida cotidiana.

- Emociones: se transmutan de deseo egoísta (eros desordenado) a amor sacrificial (ágape).

- Relaciones: la familia, la comunidad y la sociedad reflejan la comunión trinitaria cuando cada persona vive esa inhabitación, es un propósito original 

En resumen, la perijoresis no es una idea abstracta; es la presencia viva de la Trinidad que actúa en el corazón que en cada latido,  en la vigilancia de la mente y en la totalidad del alma, nos lleva a la  reconfiguracion y recreación de cada aspecto del ser humano hacia la theosis, o sea la participación plena en la vida divina.

La perijoresis (περιχώρησις) en el espíritu, en la teología ortodoxa el “espíritu” (pneuma, πνεῦμα) es la parte más profunda del ser, la chispa que nos conecta directamente con Dios, toca el lugar más secreto y escondido por Dios.  Cuando la Trinidad se “asienta” en él, ocurre lo siguiente hay una "Unión íntima" , El Espíritu Santo se vuelve presente como una luz interior que ilumina la voluntad y la intención, de modo que el pneuma ya no actúa solo, sino en comunión con el Padre y el Hijo.

La Transformación,  Esa presencia divina va purificando los deseos del espíritu, convirtiendo el eros desordenado en ágape y haciendo que la persona anhele la voluntad de Dios por encima de sus propios impulsos.

La Participación en la vida divina, es, al estar habitado por la Trinidad, el pneuma participa de la “vida de Dios” (theosis), de modo que su propia energía se vuelve cooperadora de la gracia.

Espíritu en griego: El término griego es *πνεῦμα* (pneûma), que se traduce como “espíritu”, “aliento” o “viento”. En la Biblia y en la liturgia ortodoxa, se usa para referirse tanto al Espíritu Santo como al aspecto espiritual del ser humano.

El mandamiento “amarás a tu Dios…” El pasaje completo, tomado de Mateo 22,37 (y paralelo en Marcos 12,30 y Lucas 10,27), dice en la versión castellana tradicional:

 “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (o espíritu).”

En la tradición ortodoxa el texto se suele citar como “con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu pneuma”. La triple dimensión (corazón = kardia, alma = psyché, espíritu = pneuma) refleja precisamente los tres niveles en los que actúa la perijoresis: el centro afectivo, la totalidad del ser interior y la chispa divina que nos une a la Trinidad. En síntesis la perijoresis obra en el pneuma al iluminarlo, purificarlo y hacerlo partícipe de la vida trinitaria, mientras que el mandamiento del amor a Dios abarca esa misma totalidad del ser: corazón, alma y espíritu.

Esa Transformación del deseo

En la vida espiritual el deseo no se elimina, sino que se re‑orienta, es dirigido y aporreado en  el Espíritu Santo, que entra en, el pneuma (espíritu) esa  “llama” del deseo que antes buscaba satisfacciones egoístas (placer, poder, reconocimiento) se vuelve hacia Dios. Ese deseo “renovado” es lo que los Padres llaman eros teologal: el anhelo de la belleza divina que, al ser alimentado por la gracia, jaris produce ágape (amor sacrificial) y nos impulsa a amar a los demás como Cristo nos amó.

Cuando hablamos del “yo caído”, es la condición del ser humano después del pecado original. No es que la persona sea irremediablemente mala, sino que su voluntad está desalineada, con la voluntad de Dios. Ese “yo” está dominado por la *philautía* (amor propio desordenado) y por las pasiones (pathos) que lo alejan de la comunión trinitaria. La perijoresis, al habitar en el corazón, comienza a deshacer esa caída, restaurando la imagen de Dios en nosotros.

El campo de batalla”, desde la vida interior se describe como un "campo de batalla", porque en él se enfrentan dos fuerzas: la gracia, (la presencia de la Trinidad que obra en el pneuma) y  las pasiones (pathē) que tienden a esclavizar la voluntad.

Cuando la gracia vence, el “campo” se transforma en un jardín, donde florecen las virtudes. En ese jardín la filocalia (amor a la belleza) y la theosis (deificación) se manifiestan plenamente.

Relación con los logis. 

Los *logis* (λόγος plural λόγους) son los “pensamientos” o “razones” que el Espíritu susurra al corazón. En la práctica de la *nepsis* (vigilancia) el monje o el fiel observa cada logis y lo compara con la Palabra de Dios. Los logis pueden ser “buenos” (inspirados por la gracia) o “malos” (inspirados por la pasión). Al rechazar los logis negativos y abrazar los positivos, el nous (mente) se alinea con la perijoresis y las virtudes se arraigan.

Las Pasiones (pathos) y “patos”.

Los  pathos (πάθος), que en griego significa “pasión” o “sufrimiento”. Las pasiones son movimientos desordenados del alma que, si no se someten a la gracia, nos encadenan al “yo caído”. Cuando se purifican mediante la oración, el ayuno y los Sacramentos, esas mismas energías se convierten en virtudes (por ejemplo, la ira se transforma en celo santo, la lujuria en amor casto).

En resumen, la transformación del deseo, es la re‑orientación del eros hacia Dios; el yo caído es la condición de desalineación con la voluntad divina; el campo de batalla es la lucha interior entre gracia y pasiones; los logis, son los pensamientos que nos guían, y las pasiones (pathos) son los impulsos que, una vez purificados, florecen en virtudes.

La acedia es como una niebla que se posa sobre el pneuma y apaga la llama de la perijoresis: en vez de sentir la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu, el alma se siente vacía, sin ganas de orar ni de amar.

¿Cómo se conecta con lo citado?

Transformación del deseo: la acedia es el deseo que se vuelve contra sí mismo, una aversión a lo que debería anhelar (Dios). Cuando la gracia actúa, esa apatía se convierte en un anhelo de Dios (eros teologal) que, a su vez, alimenta la perijoresis.

El Yo caído: la pereza espiritual mantiene al “yo caído” atrapado en la complacencia, impidiendo que la voluntad se alinee con la de Dios.

Campo de batalla: la lucha contra la acedia es el clásico combate entre la gracia (que invita a la oración, al ayuno, a la lectura) y la tentación de la indolencia.

Logis: los pensamientos (logis) que surgen en esa niebla suelen ser “no vale la pena”, “estoy cansado”. Reconocerlos como “logis de la acedia” permite rechazarlos y abrir espacio a los susurros del Espíritu.

- Las Pasiones: la acedia no es una pasión violenta, sino una “pasión fría” que enfría todas las demás. Purificarla la transforma en una santa tristeza (penthos) que, en vez de paralizar, impulsa al arrepentimiento y a la búsqueda de Dios.

En la práctica litúrgica, la Iglesia nos recuerda la lucha contra la acedia en la *Oración de Jesús* (“Señor Jesús Cristo, hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”) y en los Salmos que claman “¿Por qué te abates, oh alma mía?” (Sal 42). Cada vez que repetimos esas palabras, invocamos la perijoresis para disipar la niebla.
















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