Pensamientos de San Teófano el Recluso

Teófano

Lucas 18:15-17, 26-30


«El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Lucas 18:17). ¿Cómo podemos entonces recibirlo, «como un niño»? He aquí cómo: con sencillez, con todo el corazón, sin vacilar. El análisis racional es inaplicable en el ámbito de la fe. Solo puede tener lugar en su umbral. Así como un anatomista analiza todo el cuerpo hasta el último detalle, pero no logra ver la vida, así también, por mucho que razone, no logra comprender el poder de la fe. La fe misma proporciona perspectivas que, en su conjunto, la presentan como la satisfacción plena de todas las necesidades de nuestra naturaleza y obligan a la mente, la conciencia y el corazón a aceptarla. La aceptan, y habiéndola aceptado, ya no quieren abandonarla.


Aquí ocurre lo mismo que con alguien que ha probado una comida agradable y saludable. Tras probarla una vez, sabe que es beneficiosa y la acepta como una de sus sustancias nutritivas. Ni la química, ni antes ni después, puede ayudarle en esta convicción. Su convicción se basa en la experiencia personal, directamente. De igual manera, un creyente conoce directamente la verdad de la fe. La fe misma le infunde la convicción inquebrantable de que es fe. ¿Cómo puede entonces ser racional la fe? La racionalidad de la fe reside en saber directamente que es fe. La razón solo arruina las cosas, enfriando la fe y debilitando la vida de fe, y, lo más importante, se jacta y aleja la gracia de Dios, un mal de suma importancia en el cristianismo.

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