Meditación. Deificación
La presencia divina no necesita demostrarse, es evidente en la atracción porque contagia la fe, que es la verdad, la belleza y el bien, tres trascendentales que se unen en un foco místico que es Theosis, luz que se irradia y que en contadas ocasiones algunas personas privilegiadas lo han visto en los santos, como a san Serafín de Sarowsky. El que se esfuerza por gracia a recuperar en su interior la imagen y semejanza del Creador, se transfigura, viviendo por anticipado el Reino de Dios.
Lo llamativo y extraño es que, la "imagen" en el hombre en cualquier hombre, no se pierde, no se opaca, ni oscurece ni siquiera por la mancha del pecado, aunque en San Juan Damasceno, se dice que la imagen se empaña o se cubre de "hollín". Es el diseñó de Dios, la "imagen" , para nosotros, al tallar con su cincel en el Santo Espíritu la divinidad, en los atributos sublimes que se hace presentes, es un sello indeleble marcado a fuego. El pecado no puede borrar el aliento de vida, la libertad, es el vacío eterno, divino, la capacidad de Dios, o como dice el libro de Proverbios "la eternidad del corazón" (léase Eclesiastes 3, 11) que no se cubre con nada en la singularidad de ser persona única.
La semejanza es lo que tenemos que alcanzar, tarea de todo cristiano que se esfuerza por entrar por la puerta angosta, apegándose las cualidades divinas por medio del askesis, en la gracia increada o energías divinas. Aquel que en una actitud de esperanza y sabía, procura que su "semejanza" 'se aproxime a la imagen y allí está lo maravilloso cuando coinciden, el hombre comienza a ser Teóforo, en el propósito original del Creador, para ser portador de luz en este mundo.

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