*SOBRE LA SANTA DESESPERACIÓN*
*SOBRE LA SANTA DESESPERACIÓN*
A orillas del río Dniéper, donde las aguas grises cortan el frío viento de Kiev, un anciano monje de barba canosa y ojos profundos caminaba junto a su joven novicio. El aire olía a incienso viejo y a tierra húmeda.
El discípulo, con el corazón inquieto por el silencio de sus oraciones, se detuvo y miró a su guía.
—Padre —preguntó con voz quebrada—, llevo meses en el monasterio, he seguido cada regla y he repetido cada salmo, pero ¿por qué no puedo ver a Dios? ¿Por qué se me oculta?
El monje no respondió de inmediato. Caminó hacia la orilla, donde el río golpea con fuerza las piedras, y le hizo una seña para que se acercara al agua. Cuando el joven se inclinó para mirar su propio reflejo, el anciano, con una fuerza inesperada, puso su mano sobre la nuca del muchacho y hundió su cabeza en las aguas gélidas del Dniéper.
El joven luchó. Sus manos golpeaban el agua y sus pies resbalaban en el barro. Justo cuando sus pulmones estaban a punto de estallar y la oscuridad lo envolvía, el monje lo sacó de un tirón.
El novicio cayó sobre la arena, tosiendo y aspirando el aire con una desesperación violenta. Cuando finalmente pudo recuperar el aliento y calmar el temblor de su cuerpo, el monje le preguntó con una calma sobrenatural:
—Dime, hijo mío, mientras estabas allí abajo, bajo el peso del río... ¿qué era lo que más deseabas en este mundo?
—¡Aire! —gritó el joven, aún aterrado—. ¡Solo aire! ¡Sentía que me moría si no lo conseguía!
El monje asintió lentamente y señaló hacia las cúpulas doradas de la Lavra que brillaban a lo lejos.
—Cuando desees a Dios con la misma desesperación con la que buscabas ese aliento de aire —dijo el anciano—, entonces, y solo entonces, las escamas caerán de tus ojos y Él se te revelará.

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