Viernes 29 de mayo de 2026 / 16 de mayo de 2026 Apodosis de la Ascensión. Lecturas de las Escrituras Hechos 27:1-44 Juan 17:18-26 Homilía para la Apodosis de la Ascensión del Señor«Del Mar Tempestuoso al Trono Celestial: La Gloria de la Luz Increada»

 


Viernes 29 de mayo de 2026 / 16 de mayo de 2026
Apodosis de la Ascensión.
Lecturas de las Escrituras
Hechos 27:1-44
Juan 17:18-26
Homilía para la Apodosis de la Ascensión del Señor«Del Mar Tempestuoso al Trono Celestial: La Gloria de la Luz Increada»
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amíñ.¡ Cristo ha ascendido en gloria! (¡A los cielos nos ha elevado!) Queridos hermanos y hermanas en Cristo:









Hoy celebramos la Apodosis de la Ascensión, la despedida litúrgica de una de las grandes doce fiestas de la Iglesia. Durante estos cuarenta días hemos cantado con gozo que el Señor no nos ha dejado huérfanos está con nosotros de una nueva manera.  Ha ascendido en gloria para presentar y sentar nuestra propia carne herida en el trono celestial divinizando nuestra carne por participación.   Esta es la esencia misma de nuestra fe ortodoxa: la Theosis o divinización del hombre. Dios se hizo hombre para que el hombre pueda llegar a ser dios por gracia. En este preciso día de término, las Santas Escrituras nos colocan ante un contraste sobrecogedor de la divina providencia: el violento naufragio de San Pablo en el mar tempestuoso (Hechos 27) y la mística de paz de la Oración Sacerdotal de Cristo en el Cenáculo (Juan 17). ¡Primero vemos la turbulencia, el furor de las olas, ese cielo de noche eterna, la barca de la Iglesia que no naufraga y llega a puerto seguro; y segundo, el silencio y la paz de lo eterno, silencio que habla en el Ruajh ! Ambas lecturas se funden en un solo misterio: el plan de salvación y la guía segura para llegar a la divinización. En el barco que se deshace, vemos la confianza absoluta de San Pablo en la Providencia divina. Su oración continua centrante,   se convierte en el ancla del navío; el ánimo y la paz que esparce impiden que la tripulación desfallezca, porque Dios ha prometido que ninguno perecerá. Incluso allí, en medio del pánico, San Pablo nos da una gran lección de piedad al bendecir y dar gracias a Dios por los alimentos antes de partir el pan (Eucaristía) recordándonos que toda nuestra existencia material debe ser bendecida santificada e iluminada por el Pantokrator. 
Por otro lado, el Evangelio nos introduce en el Cenáculo. El vínculo de amor que se observa del Padre al Hijo, y de Cristo a sus discípulos, es la muestra evidente de que no estamos solos. En este relato, la Iglesia actúa en servicio; ella es el cuidado y la mirada maternal de Dios hacia la humanidad. A través de este pasaje, el Señor nos llama a buscar la unidad sacramental, a compartir la fe cimentada en una liturgia común y a realizar la confesión unánime de la verdad apostólica desde el Credo.
Santificar en la verdad,  significa estar injertados en el Cuerpo de Cristo, porque la Verdad no es un concepto abstracto o una filosofía humana; la Verdad es Alguien, la Verdad es Cristo. Como bellamente enseña San Cirilo de Alejandría, el Nombre del Padre es el Hijo. Cuando Jesús dice que santifica y manifiesta el Nombre del Padre, se está manifestando a Sí mismo como el reflejo perfecto, como el espejo increado del Padre: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
La Apodosis de la Ascensión adquiere hoy su máximo significado litúrgico en las palabras del Salvador: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria» (Juan 17:24). Esa gloria que Cristo nos hereda no es una simple recompensa futura o un premio moral; es la Luz Increada que los apóstoles contemplaron en el Monte Tabor durante la Transfiguración, la misma gracia que ahora, tras la Ascensión, llena el cosmos y se nos entrega en la Iglesia.
Para que esta unidad prevalezca en el mar del mundo, debemos custodiarla sin alterar jamás el dogma ortodoxo. Nuestra unidad se basa en el amor divino y la verdad revelada, nunca en intereses políticos o humanos. Ejercemos, por tanto, una santa prudencia en la diversidad, reconociendo que el capítulo 27 de los Hechos nos muestra el fundamento mismo de la sinodalidad de la Iglesia del primer siglo: todos trabajando y navegando juntos en una sola barca, bajo una sola fe, por el bien y la salvación de la comunidad. Al cerrar hoy los ojos litúrgicos a esta gran fiesta, guardemos en el corazón el eco del Tropario que nos ha acompañado y que resume nuestra esperanza:
Ascendiste en gloria, Cristo nuestro Dios, otorgando alegría a los discípulos con la promesa del Espíritu Santo, al confirmar en ellos con tu bendición de que Tú eres el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.»Por las oraciones de nuestro padre entre los santos, el apóstol Pablo, de San Cirilo de Alejandría y de todos los santos, Señor Jesucristo nuestro Dios, ¡ten piedad de nosotros y sálvanos!¡Amén! ¡Gloria a Dios por todo!

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